Conducta

Qué ocurre si NO ayudamos a los niños a gestionar sus frustraciones


La frustración es una de las emociones más desagradables, incómodas y comunes que un niño y un adulto puede experimentar, pero tenemos que aprender a vivir con ella porque nos va a acompañar durante toda nuestra vida. De ahí la importancia de que los padres estén al lado de sus hijos cuando estos lo necesiten, porque ¿qué ocurre si no ayudamos a los niños a gestionar sus frustraciones?

Las frustraciones de los niños no las podemos evitar, es decir, van a tenerlas hoy, mañana, pasado y cuando sean mayores. Entonces, ¿qué podemos hacer los padres? Les tenemos que ayudar a manejar esas frustraciones. Se llama tolerar las frustraciones o, mejor dicho, gestionar frustraciones (tolerar es como aguantar la frustración y no se trata de aguantar, aunque también).

Se trata de decirles que hay cosas que no dependen de él conseguirlas. No va a poder escoger a las personas con las que esté en clase o no va a poder seleccionar a sus profesores, es decir, hay muchas cosas en la vida que hay que asumir y aceptar.

Por otro lado es interesante educarles en la diferencia entre necesidad y deseo. Si tu hijo necesita algo, te va a tener ahí rápidamente para lidiar con esa necesidad que ha surgido. Pero si es un deseo, tendrá que esperar, aunque suponga la temida aparición de una pataleta.

Las rabietas normalmente son provocadas por frustraciones. ¿A quién no le ha pasado de estar con el niño en el supermercado y que este se tire al suelo porque quería, por ejemplo, una gominola? En ese instantes los adultos podemos hacer dos cosas. Para que no nos dé vergüenza, le decimos que le compramos lo que quiere, ¡por un día! Pero eso es incorrecto, porque el mensaje que le estamos enviando es que ese es el método para conseguir lo que quiere.

Es difícil, pero lo correcto sería decir con una sana asertividad: 'No te lo voy a comprar, llora lo que quieras, patalea lo que quieras, pero ahora no'. También puedes ofrecerle alternativas (no es cuestión de decir no a todo): 'Ahora no, pero esta tarde cuando salgas del colegio, sí'.

En el fondo se trata de que aprendan a esperar, de demorar la gratificación, de poner límites y de darles normas que les ayuden a manejar la frustración para que no dañen su bienestar emocional, y es que un niño no puede estar todo el día frustrado.

Por su experiencia como psicóloga, Begoña Ibarrola señala que en los últimos años, las familias están fallando en algo, porque cada vez hay más niños con baja tolerancia a la frustración. Los padres les están dando a los niños todo con mucha facilidad. No les hacen esperar y eso está haciendo que, en ocasiones, se conviertan en niños tiranos. Y, lo peor de todo esto, los adultos están dejando que les tiranicen, convirtiéndose los niños en los dueños de su tiempo y en los dueños de su vida. Es lo que se conoce como niños con 'el síndrome del emperador'.

Sin duda, se trata de un fallo educativo de los padres. Si tú tienes un hijo con baja tolerancia a la frustración, tienes que saber que va a montarte muchas pataletas, va a entrar en rabietas constantemente, puede presentar algún cuadro de ansiedad e, incluso, a la larga tener síntomas de depresión por no saber salir de esta situación; de ahí la importancia de la figura del padre y la madre para enseñarle a gestionar ese sentimiento y a salir de ese enfado.

Hay cosas muy sencillas que pueden hacer los padres, como simplemente derivar su atención a otra cos, distraerle, realizar alguna técnica de relajación, provocar la risa en él, hacerle cosquillas... Y es todo lo que lleve implícito el humor se transforma en un mecanismo muy bueno para salir de esas rabietas y de ese enfado.

Otra misión que tienen los padres, aunque a veces puede resultar difícil, es mantenter su palabra. El 'no' es 'no'. Si tú le dices a tu hijo que a una hora determinada tiene que hacer una cosa, por ejemplo los deberes, debe de hacerlo, a pesar de que 'tenga que dejar de jugar con su videojuego favorito'.

Ningún niño, por sí mismo, abandona algo que desea mucho. Ningún niño, por sí mismo, deja de hacer algo que le encanta. Somos los adultos los que les tenemos que decir 'no, hasta aquí'. Esos límites cuestan, por eso, cuando tenemos hijos con baja tolerancia a la frustración, tenemos que hacer una reflexión porque su conducta y comportamiento será una consecuencia de que no les hemos educado bien, de que no les hemos ayudado a gestionar la frustración y de que tenemos que poner nuestro granito de arena.

Primero para normalizarla, y luego para no sentirnos culpables nosotros, que eso también a veces sucede. 'Yo no quiero que mi hijo sufra, entonces le doy todo lo que pide'. Con esta actitud no le hacemos ningún favor al niño. El que se frustre será mucho mejor para él a la larga, aunque de primeras no lo veamos y no lo creamos.

Hay muchos momentos donde los padres tenemos que pensar: '¿Qué es lo que me interesa: A corto plazo que esté bien o a largo plazo que aprenda que todo lo que quiere no lo puede tener?'. Los adultos debemos trabajar el músculo de la espera, ¡debemos estirarlo mucho más!

El niño tiene que ver que la frustración no es algo que le pasa a él. Que esa rabia o decepción que siente la experimentan también otros niños, sus padres y que incluso se puede ver reflejado en la literatura, porque los personajes de cuento también están frustrados y enfadados en algún momento de su vida cuando las cosas no salen como ellos quieren.

En ‘Lira y el viento’, cuento escrito por Begoña Ibarrola dentro de su libro '¡Estoy muy enfadado!', descubrimos a una niña enfadada con el mundo. Si le ofrecen verdura, ella quiere macarrones y, si le ponen macarrones para comer, también protesta porque ahora el tomate ya no le gusta. No quiere ir al colegio ni tampoco al parque. El malhumor la domina.

Pero entonces aparece el Viento, quien le revuelve el pelo y la zarandea en busca de una sonrisa. En un principio, Lira se enfada con él porque sus juegos no le hacen gracia. Pero como el Viento es un juguetón y persiste, acaba por hacerle cosquillas y empujarla a bailar hasta que Lira descubre su propia sonrisa.

La clave del cambio está en que el Viento le pregunta por el origen de su enfado y persiste hasta obtener una respuesta. Y claro, llega la gran confesión: 'No tengo ningún amigo', acaba por declarar Lira. Normal, ¡cómo no va a estar así una enfadado con el mundo! El Viento le enseña a disfrutar de sí misma y Lira descubre que su risa es el momento de acercarse al mundo y al resto de niños. Al fin, llegan los amigos.

Con Lira aprendemos que detrás de un ceño fruncido no solo puede esconderse la rabia o el enfado, también puede estar el miedo y la tristeza de la soledad agazapados. Escuchar y observar lo que hay detrás es el comienzo de la empatía.

Si a tu hijo le ha gustado este cuento y, sobre todo, le ha servido para entender un poco mejor qué es la frustración y qué puede provocarla, te recomendamos que escojas algunos de estos cuentos y fábulas que versan sobre la misma temática y que tomes nota de algunos consejos para padres con niños con baja tolerancia la frustración.

frustración. Este cuento corto habla a los niños sobre la frustración. Es normal sentirse frustrados cuando no logramos algo que queremos, y con este cuento infantil podrás hablar a tus hijos sobre esta emoción. Acompañamos la historia con actividades de comprensión lectora y más recursos educativos.

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Fábulas para niños sobre la frustración. La lechera. La lechera, una fábula tradicional con moraleja para niños. nuestro sitio ha seleccionado esta fábula porque enseña a los niños que quién mucho quiere puede quedarse sin nada. Cuento sobre la ambición, frustración y decepción. Un cuento que habla que no siempre conseguiremos lo que queremos.

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